jueves, 30 de mayo de 2013

EL PUERTO (parte 1 de 2)

EL PUERTO

(vivencias personales en 2 partes)

Hoy he vuelto a ver amanecer desde el muelle de bajura. Me encanta ese olor de los puertos, mezclado de salitre y gas-oil. Y ver a los mújoles, pequeños barcos de combate acorralando a un pedazo de pan. Siempre es el mismo espectaculo cautivador, siempre cambiante, frío cuando aún es de noche, chispeante cuando amanece.
El sol empieza a asomar en el horizonte, y los pequeños barcos de pesca se acercan a tierra. Se les ve llegar como en un extraño desfile, esquivando las rocas que custodian la entrada de la ría. Años de experiencia les hacen apartarse de esos oscuros peñascos con los ojos cerrados, con la elegancia de un ballet acuático. Todos los días la misma estampa, fascinante para quien lo vé con ojos de poeta o de simple curioso; rutinario, indiferente y agotador para quienes se acercan a tierra, después de un día y una noche trabajando para arrancar del mar unos pequeños trozos de vida, e intercambiarlos por otros pequeños trozos de papel que dan sentido a su existencia.
Cerqueros, arrastreros, palangreros, naseros, barcos de enmalle, pequeños botes dedicados a la pesca del calamar...Un enjambre mixto y de fascinantes proporciones, que tan sólo aguarda a desembarcar sus capturas, y que la sirena marque el inicio de la subasta. Quizás hoy sea un buen día, se acercan las fiestas, llegan los turistas, y los precios siempre suben en esta época.
Ya calienta el sol, al menos lo suficiente. Me despojo de la zamarra y la dejo en el colgador de las oficinas. Empleados y armadores, compradores y pescantinas, todo el personal ya se ha acostumbrado a mi presencia desde hace años, y toman mi pequeño ritual como una pieza más de la perfecta maquinaria de la lonja. No hacen falta palabras, ni siquiera saludos esbozados: a veces pienso que mi llegada es lo que marca el momento, la señal para que la lonja despierte y se prepare a trabajar.
Los barcos empiezan a enfilar el puerto. Cortan sus siluetas los reflejos amarillentos que incendian el agua, marcas de ese sol que dentro de unas horas será de justicia. Uno tras otro atraviesan la linea imaginaria entre los dos faros, el verde y el rojo, que marcan la entrada a este puerto. Ya se escuchan las voces, preparandose para el amarre. Las gaviotas rodean cada uno de los barcos, son miles, parecen millones de aves. Esperan con avidez, casi con desesperación, los sobrantes de la pesca que los marineros aún se afanan en tirar al mar. Son peces de pequeño tamaño, restos de algas, de crustaceos, de cefalópodos, menudas piezas que aún quedan en las redes y que hay que limpiar antes de llegar a puerto. Capturas sin valor que sirven de alimento a estas gaviotas que ya han olvidado pescar.
El primer barco ya está en el muelle de atraque. Amarras que vuelan certeras a las manos que esperan en tierra. Observo sus capturas. Aún las están clasificando en esas cajas de madera que tantas historias han vivido. Aquí las fanecas, allá las pintarrojas, en la parte más destacada esas cajas de aligote y de calamar, raro fruto del que este barco hoy trae sobrante. Se vé feliz al armador, con esta captura se cubre la marea, probablemente se cubre la semana.
La gruá, ese envejecido y complejo cachivache de poleas y cuerdas, se situa a un costado del barco. Brazos fuertes sujetan la plataforma y van apilando las cajas. La grua gira y ya están las capturas en tierra.
Pero no hay un respiro, uno tras otro los barcos van reposando junto al muelle, y el jaleo es atronador. Los carros van cargando las cajas: algunas van directamente a camiones, otras se quedan sobre los carros. Es la hora de pesarlas y colocarlas ordenadamente en el suelo de la lonja.
La misma ceremonia se va sucediendo una y mil veces, ya he perdido -como todos los días- la cuenta de los barcos que atracan, de las gruas que giran...Voy identificando muchas caras de los marineros que sudan en los barcos. Son las mismas caras de siempre: caras labradas de mil surcos, caras que no distinguen entre el amanecer y el anochecer, que sólo ven los días sucederse interminables entre redes y madera. Caras que en invierno y en verano realizan las mismas labores, esperando esa captura que sueñan y que les permita afrontar el resto del mes con tranquilidad.
Pero apenas tengo tiempo de detenerme ante esas caras que tanto y tan poco conozco: ya hay docenas de barcos atracados, barcos que casi al instante vuelven a la mar, una vez que su captura de plata y brillantes colores está en tierra, esperando la voz que inicia la subasta.
Me alejo ya de la zona de atraque y me dejo rodear por el persistente sonido, cálido y ensordecedor, que reina en el interior de la lonja. Cuadrículas y más cuadrículas de cajas de pescado, que llegan hasta donde casi se pierde la vista. Las pescantinas ordenando, cada especie en sus cajas, cada caja indicando su peso. Me paseo lentamente entre el fuerte olor a pescado, contemplando con calma esas piezas, despojadas de su manto de agua y sal, que a mis ojos son retazos de un mar que quizás nunca conoceré y que es dulce pese a su sal, evocador pese a su dureza.

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