jueves, 30 de mayo de 2013

EL PUERTO (parte 2 de 2)

Mis ensoñaciones me llevan, entre el pausado vagabundeo de mis pies, a mares a los que ni mis zancadas podrán nunca llevarme. Imagino océanos de un azul cegador, olas que amenazan engullir mi pequeño barco, peces de mil formas y colores que yacen y se retuercen sobre cubierta. Todos los días, en este pequeño paseo, en este raro silencio, entre la llegada del último barco y el inicio de la venta, salto indiferente entre las cajas con una precisión casi matemática, fruto de una memoria adquirida con los años, y mis pensamientos siempre me llevan al mar, un mar siempre cambiante, siempre distinto. Un mar que tengo a unos pasos de mí, pero no es ese el mar con el que sueño, sueño con un mar que no es el de los marineros que trabajan, ni tampoco el de los cruceros de lujo que lo recorren ociosos, ajenos a todo lo que no sea el placer de los sentidos. No, yo imagino un mar que es sólo mío, un mar que me pertenece desde uno a otro horizonte, que se amolda a mis deseos y en el que puedo dejar vagar mi mente y alcanzar esa paz, esa belleza añorada en esta ciudad con mar y que al mar ignora.
Vuelvo a la realidad y disfruto del momento, un instante a medio camino entre la ciudad de la que huyo y el mar que se me resiste. Ya está todo preparado para la venta, el corto silencio susurrado que ha precedido a la subasta está a punto de tocar a su fin. Con mi experiencia me sitúo en el mejor lugar y me preparo a ver todo el pandemonio que va a desatarse, procurando molestar lo menos posible.
Suena la sirena y se desata el aparente caos, perfectamente orquestado. De repente docenas de voces se disparan, voces que estaban aguardando este momento. Amplificadas por pequeños megáfonos las menos, las de los vendedores. Roncas por hacerse entender las más, las de los compradores. Precios que van a la baja y que asemejan un raro carrousel de cifras. Son los precios de la subasta. Siempre me ha fascinado esa capacidad de los vendedores para hilvanar una constante retahíla de números descendentes con absoluta perfección. Se sucede esa extraña cuenta atrás: 40, 37, 35, 33,30... Una voz gastada se alza en 27 y elige las dos mejores cajas de merluza, las que aparentan más frescas, las de mayor tamaño.
Abandono mi posición y me sitúo cerca de la venta del arrastrero “Luna de Plata”. No se puede abarcar todo, es desbordante; mejor ir poco a poco, centrando mis oídos y mis ojos en una sóla venta: es la única forma de entender ese todo que me resta aún por aprehender pese a los años pasados en él. Se sigue vendiendo la merluza, la estrella, la primera protagonista de la puja.
Luego va la faneca, beige y brillante, de buen tamaño, de aspecto apetitoso, indicando que han arriesgado las redes pescando cerca de roca. Y sólo quedan los cefalópodos: pulpos y potas. Es para mí la hora de la retirada, siempre con precaución para que no me destroce una pierna uno de los ganchos que arrastran las cajas. La melancolía se cruza con la alegría. Melancolía porque hoy he terminado, alegría porque volveré mañana.
Cruzo el parking y esa extraña avenida repleta de tráfico que separa el puerto de la ciudad, y que decenas de miles de personas no han cruzado jamás..
Asciendo la empinada calle que lleva a la ciudad y, como en un traveling, voy viendo alejarse el puerto. Cada paso que doy me aleja más y más, la calle tan empinada y perpendicular me aleja doblemente. Cada 10 ó 12 pasos me detengo para observar la lonja, a cada instante más lejana y baja.
Sólo tengo un par de kilometros hasta mi cama, y luego a la tarde a trabajar en la pescadería de los grandes almacenes. El pescado es mi vida, como para otros la literatura.

5 comentarios:

  1. Estableces claramente la forma en que la vida nos captura en algún destino.
    Cada quien se forma en una diferente karmática, , pues al transcurrir la vida nos vemos precisados a valernos de aptitudes y conocimientos.

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  2. En primer lugar, BIENVENIDO!!!

    En este relato (que me costó mucho curro) intento establecer la naturaleza cíclica del tiempo, no sé si lo he conseguido. En cualquier caso, parido está.

    A ver si nos seguimos leyendo.

    Un saludo.

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  3. A mí ha logrado meterme en la piel del narrador, cada uno tiene un objetivo, podemos avanzar hacia uno u otro camino, pero siempre volveremos a lo esencial.
    Un fuerte abrazo.
    HD

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  4. Que Humberto diga esas cosas es muy gordo. Me gusta el feedback porque este relato me costó la ostia, parrafo a parrafo, linea a linea, y eso que he debido trabajar (como biólogo) en el 75% de las lonjas de Galicia.

    Gracias, Humberto, y SALUD!!!

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  5. Dices que has trabajado; párrafo a párrafo, más, yo creo que te salió de un tirón. Al menos así lo leí yo. Quizá sea la añoranza de aquel que ha visto a menudo los barcos llegando a muelle, la rula por dentro, la manera rápida en que se cantan los precios, el tirar la bola… Añoranza si, hace tiempo que no voy. Me lo recordaste punto por punto, solamente te faltó el hielo. Será que lo primero con que te topabas en nuestra vieja rula, era la fábrica de hielo.
    Salu2.

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