domingo, 5 de mayo de 2013

¿SOBREVIVIR? - Parte II (de 3)

Resulta curioso cómo la mente humana se amolda a las nuevas situaciones, por terribles que sean. Ya no puedo concebir este lugar libre del caos que lo anega, no recuerdo como era antes de que la porquería empezara a acumularse como una plaga indeseable y sin explicación. Todas mis preocupaciones han sido olvidadas y sustituidas por una que ocupa mi mente con persistencia: sobrevivir.
La oscuridad. Siempre la había temido como se teme a un enemigo inteligente y despiadado. Hace tiempo que ni el más pequeño rayo de sol puede colarse por las ventanas; pero el tejado, alto, translúcido e inalcanzable, todavía me informa del día y la noche. Vivo en una semipenumbra constante, en la que las ratas proliferan de un modo increíble.
Me aventuro hasta la cocina espoleado por mi estómago hambriento. Al atravesar algunas zonas de la casa que hasta ahora había ignorado, me pregunto si era consciente de la ruina en que estaba inmerso. Sorteo charcos oleosos y acúmulos de materia en descomposición, y me dirijo hacia el frigorífico. De momento las ratas se mantienen alejadas; creo que mi aspecto les inspira más miedo que el que yo les pueda tener. Al abrir la nevera, apagada hace días, no puedo evitar que mi estómago se rebele; el olor es más fuerte de lo que podía imaginar. Me retiro desanimado hacia mi islote; la comida empieza a convertirse en ese problema del que, hasta el momento, había conseguido escapar.
De repente me doy cuenta de un hecho sorprendente: la basura, que hasta ahora parecía crecer sin límite, ha dejado de acumularse; hace días que me rodea el mismo paisaje. Tal vez todo el proceso haya sido una ilusión de mis sentidos, pero prefiero pensar que algún cambio está próximo.
El orificio en la pared todavía me proporciona casi todo el líquido que necesito. La cañería conserva un flujo, pequeño pero continuo, de agua medianamente potable.
El hambre por fin me ha decidido a cazar ratas. El primero fue un enorme macho que destripé como pude, y fui incapaz de comer, paralizado por el asco. Pero ahora me he decidido por los pequeños ratoncitos, ciegos y desnudos, que abundan en innumerables nidos distribuidos caprichosamente por toda la casa. La necesidad me ha convertido en un experto en la localización de las camadas, y sólo lamento no poder hacer fuego, porque imagino que asados resultarían un bocado sabrosísimo.
Nunca pensé que esta situación pudiera resultarme divertida, pero la búsqueda de las madrigueras, y la pelea con las madres para hacerme con mis sonrosadas presas, es lo mejor que me ha sucedido en las casi cuatro semanas que dura este encierro. Me siento como el niño que trepaba a los árboles y robaba huevos de los nidos, y luego los ponía en el asiento de la chica más guapa de la clase, para ver su cara contraerse de incredulidad cuando se rompían bajo su peso. Yo adoraba esa mueca de sorpresa, como adoraba todo lo suyo, y nunca me atreví a decírselo.

4 comentarios:

  1. Definitivamente a la altura de mis expectativas. Bravo!! sastrecillo.

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  2. Kb, viniendo de quien viene, el elogio es extraordinario. GRACIAS!!!

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  3. Wow! Esta parte me ha encantado. Te lo has currado para describir la situación, casi me veía yo mismo dentro de esa casa. Me voy a conocer el final.

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  4. Yo soy hiper-auto-crítico, por eso cuando -escasamente- uno de mis relatos me parece redondo, sé que efectivamente estoy ante uno de ellos, y que va a gustar. Lo que pasa es que publico (casi) todo lo que escribo, porque así me obligo a escribir, y lo someto al -escaso- escrutinio público.

    Curiosamente no me planteo publicar ni presentarme a concursos ni nada. Igual dentro de 5 años, cuando tenga una treintena de redondos -o casi-, los presente a una editorial, a ver qué pasa. Pero desde luego paso kilos de volverme loco buscando certámenes por internet.

    ABRAZOS!!!

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Gracias por colaborar a que esto mejore :-) Sois tod@s muy bien recibid@s. SALUD!!