domingo, 18 de agosto de 2013

RELATO: La taza pegada a su mano

Estaba siempre con una taza de café pegada a su mano izquierda. Bebía de 16 a 18 cafés diarios. Pero no hablamos de tacitas de café, sino de una señora taza en la que cabrían 4 ó 5 tacitas. Lo que, según las zonas, se conoce como poto, o tazón, o pocillo. Si había algo permanentemente encendido en su casa era la vitro con una gran cafetera italiana encima. Y dormía como un bebé.



No era un “connoiseur”, sólo sabía -a base de ensayo y error- que su café favorito era el de Guatemala, que sólo se podía encontrar en una pequeña y aromática tienda del casco viejo especializada en tés y cafés del mundo entero. Allí se sentía mejor que en casa, con todos esos deliciosos perfumes envolviendo su aura. A veces compraba una pequeña cantidad de algún té que le recomendaban especialmente, y le gustaba, pero para él, nada en el mundo era superior al café de Guatemala.



Siempre estaba tentado de viajar allí para ver el cultivo, los procesos...pero ya hacía un importante desembolso económico en ese caro café, que ni para libros ni discos -su gran pasión- tenía. Por cuasualidad, en su amado casco viejo, en una calle perpendicular a la tienda, se encontraba la Biblioteca Municipal, y en cada visita a la tienda se llevaba 3 libros y 5 Cds, lo máximo permitido.



Una noche se sintió raro: no podía despegar el asa de la mano. No se intranquilizo: volco el café restante en la fregadera, y se fue a dormir pensando que era simplemente un agarrotamiento muscular. Cuando despertó, la taza seguía en su mano. Y no podía separarla de ninguna manera: probó con vinagre, aceite, mantequilla, jabón, lejía, desatascador, hielo...no había forma. Ahí si que empezó a preocuparse. Acudió a urgencias y, tras diversos tratamientos de choque, le confesaron que no habían visto nada más raro en vida. Según las radiografías todos sus huesos se encontraban bien, y el tejido muscular estaba en buenas condiciones.



Se acercó un cirujano,y, con bonitas palabras, le dijo que la única solución era amputar en parte dos de los dedos de su mano izquierda. Él sonrió ampliamente: ¡Por fin podría tocar la guitarra como su amado Django Reinhardt!

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