viernes, 9 de agosto de 2013

RELATO: El anartista


Gerardo no tenía una mente normal, si es que existe ese concepto. Era hiper-sensible, y frágil como el vidrio más delicado. Poseía una inteligencia y una intuición que se salían de las tablas. Era un solitario vocacional cuya gran afición y vía de escape era la pintura. Visitar la cochambrosa nave en la que trabajaba y almacenaba sus cuadros, era como visitar un museo de Pollock, Picasso, Miró...De nuestros días.

Pero él no tenía ninguna intención de venderlos, ni siquiera de exponerlos, simplemente los hacía por propìo disfrute. Vivía modestamente de una pensioncilla, y no he conocido persona menos consumista que él. Por mucho que sus poquísimos amigos y conocidos le dijéramos que aquello era genial y que se encontraría puertas abiertas de galeristas, compradores y museos en cuanto vieran una docenita de sus cuadros, el se cerraba cual almeja autista. Así que, simplemente, dejamos de insitir.

Gerardo, además, seguía la política con interés, algo paradójico en el aislamiento casi monacal en que vivía. Tenía una ideología que sus amigos llamábamos “anarquismo gerardiano”. No creía en las fronteras, las banderas, los ejércitos...Pero no se identificaba con ninguna organización ni sindicato, aunque a veces acudiera al Ateneo Libertario, lo suficientemente ecléctico como para dar cabida a sus a veces heterodoxas ideas.

Su única actividad, aparte de la pintura, era ir todos los días a la misma cafetería y leer todos los periódicos de las diferentes tendencias. No era conveniente para él, para su exagerada delicadeza y siendo un hombre naturalmente quebradizo, seguir la miríada de noticias estúpidas, desagrables y pringosas de eso que hoy en día llaman política.

Soñaba con una revolución, una revolución que acabara con todo el corrupto dinero. Aunque la famosa frase del Che “la revolución, o es armada o no es revolución” le atraía, su natural pacífico le hacia soñar con una revuelta con más amor que fusiles. Un levantamiento popular que consiguiera terminar con todas las sabandijas de los partidos políticos sin disparar un solo tiro. Y luego organizar una sociedad horizontal con representantes y portavoces, y no plagada de dirigentes y dirigentillos. Era utópico y factible a la vez.

Después de la cafetería, volvia a su cubil y ponía un disco de Bob Dylan. No tenía más discoteca que la obra íntegra de Dylan. Y en función del disco que eligiera, pintaba.

Empezó a frecuentar cada vez menos la cafetería, porque incluso los artículos de opinión estaban llenos de mierda, no había política, sólo prensa del corazón acerca de quién robaba más. Dejó de ir a la cafetería de puro aburrimiento.

Así, su único contacto con la realidad eramos sus -como dije- escasos amigos.

Aún de vez en cuando leía periódicos de diversas tendencias, pero cayó en una severa depresión cuando se convenció de que no sólo la revolución, si no cualquier cambio a mejor era imposible.

Tan aburrido y deprimido estaba, tan aburrido, que el río al que se tiró Gerardo era lo suficientemente profundo, lo suficiente como para que jamás encontraran su cadaver.

Hoy en día es una leyenda pictórica, y es su familia quien administra todo su legado, como con Jimi Hendrix. Deberíamos ser sus amigos quien lo hiciera, pero al menos...

3 comentarios:

  1. Que vida tan triste la de Gerardo, al menos dejo rastro de su existencia através de su pintura, y algun recuerdo de tante excentricidad en la memoria de sus amigos ¿no? ¿habrá muchos Gerardos como este?
    Saludos.

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  2. San, estoy totalmente convencido de que hay muchos Gerardos repartidos por el mundo.

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  3. Lo mismo pienso yo, es probable una vez más que los más sensibles y quizás inteligentes sean siempre los peores parados, los inadaptados.
    El cuento se lee suavemente,como una lectura en una cafetería oscura, con aroma a café y madera.

    Saludos

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