viernes, 27 de septiembre de 2013

EL OTOÑO : hojas secas, hojas caídas.

Hoy había visto amanecer, quizá por primera vez en mucho tiempo. El amanecer era al fín, como en sus sueños, la hora de pasear lentamente por la ciudad apenas despierta. Se dirigió a la avenida de siempre, su muda compañera de tantas y tantas noches, ahora convertida en una dulce amiga de su primer amanecer. Así lo sentía él, como si nunca hubiera visto la aurora. El paseo le recibió tan misterioso como siempre, tan estático y tan cambiante como siempre. Cruzó la reja y se preparó para dejarse enamorar por esta novedad tanto tiempo deseada, para disfrutar del viento en la cara y el primer sol en los ojos.
Caminaba despacio, jugando sus botas en el marrón brillante y rojizo de las hojas caídas. Le gustaba ver como la puntera se abría camino, firme y elegante como la proa de un viejo buque.Y cómo a menudo perdía de vista sus pies, ocultos bajo una nube de hojas arrastradas por el viento. Eran las primeras hojas del otoño. Ayer mismo había recorrido el paseo al anochecer y lo vió limpio y gris, sin manchas de color que agarraran su mirada. Hoy mereció la pena madrugar. Dejó que su mirada recorriera la extensión oscura y cambiante, hasta posarse en un árbol que aguardaba en un parque, al final del paseo. Apenas se desperezaba la ciudad, y el árbol destacaba en el silencio, recortandose al cielo desvaído del amanecer. Era un árbol grande y redondeado, un árbol protector de fresca y amplia sombra durante el verano. Ahora algunas de sus hojas corrían ya por la hierba, mientras la mayoría aún permanecía sobre las ramas mostrando a la mañana sus tonos amarillos y castaños y algún verde tardío. A contraluz el viento lo convertía en un gigantesco juego de sombras chinescas, que dejaba pasar solitarios rayos de una luz tímida que hería la vista. Se fue acercando mientras descubría nuevas formas y matices que le atraían. Cuando llegó tan cerca que podía tocar el tronco húmedo con la punta de sus dedos, el sol estaba ya alto, y la ciudad y el paseo llenos de bulliciosa vida. Se quitó el impermeable, lo extendió sobre la hierba, y se tumbó cómodamente, boca arriba, bajo el árbol, con las rodillas levantadas y los ojos ávidos de registrar todos los movimientos con que el viento, juguetón, mecía las ramas.
Permaneció así un buen rato, cada instante más atento, fascinado por los giros alocados de las hojas en las ramas, por el dulce y anárquico vuelo de las que caían, por el movimiento de las ramas sobre el aire, por la facilidad con que las formas cambiaban, como si fueran los miles de patas de un extraño animal. No prestaba atención a los ruidos de la ciudad ya plenamente activa, sonidos apagados por el silencio del parque,ecos tocados con sordina, sus oídos ajenos a todo lo que no fuera el rumor del viento y el suave golpeteo contra el suelo de alguna bellota caída. Pensó que le gustaría dibujar el árbol tal como era ahora, antes de que perdiera todas sus hojas y se convirtiera en un esqueleto parduzco durante los meses de invierno. Empezó a dibujarlo en su cabeza, tomó nota de las proporciones, trazó lineas que luego borró, y otras que no, sombreó alguna de las ramas para darle volúmen, afiló un lápiz imaginario, y al final rompió en mil pedazos lo que había dibujado. No estaba satisfecho. El dibujo podía ser real, tenía que ser real.
Corrió a una librería cercana a comprar un gran cuaderno de hojas vírgenes, blancas y duras. Mientras elegía los lápices y el dependiente empaquetaba sus compras, se sorprendió aspirando con placer un aroma perdido, a escuela primaria. Salió de nuevo al ajetreo de la calle, reteniendo el olor entre sus pensamientos, arropándolo como si fuera un polluelo caído del nido. Y por fín encamino sus pasos hacia su objetivo.
El viento levantaba torbellinos de hojuelas caídas, torbellinos que duraban apenas un segundo, para luego deshacerse en largas nubes que se perseguían unas a otras, y que terminaban recostadas contra la base de algún gran tronco.
Anduvo despacio entre las breves ráfagas, disfrutando anticipadamente de la idea de un día largo y tranquilo. Volvió a sentarse en su viejo impermeable y empezó a dibujar. Sujetaba con fuerza el cuaderno para defenderlo del viento, intenso a veces. Poco a poco fueron saliendo de su lápiz hojas y ramas, sombras y luces, contornos, volúmenes, y se fue insinuando sobre el papel la forma de un gran robleque empezaba a perder su follaje en los primeros días de otoño. Tan solo algún niño jugando se acercó a mirar por encima de su hombro, y en seguida perdió el interés ante los trazos finos, coriendo a unirse a los gritos y patadas de sus compañeros.
Ya casi anochecía cuando levantó su mano, estiró las piernas, se incorporó, y dio unos pasos hacia atrás para comparar su obra con lo que ahora veía anaranjado, casi rojo, alumbrado con los últimos rayos del día. En ese momento, un golpe de viento, fuerte y largo, movió todas las ramas y arrancó una bandada de hojas muertas que cambiaron su contorno. Por un instante contrajo el rostro en una mueca de desagrado, pero comprendió en seguida que lo que había dibujado era ya un pedazo del pasado, y que sólo podía aspirar a recoger en su cuaderno un momento breve, casi inexistente, perecedero como el tiempo que tarda el humo en deshacerse con el vendaval.
Volvió a la mañana siguiente y todas las otras mañanas, de frío, de lluvia suave, y también de sol que calentaba la espalda y hacía brotar efímeros arco iris en las fuentes del parque. Fue poco a poco llenando el cuaderno de dibujos de un árbol que parecía muchos, de un árbol cada vez más dormido y fibroso, de primeros planos de hojas que caían, con sus nervios marcados como espinas de un pez fósil. Y con sus dibujos fue formando una enorme colección de instantáneas, imágenes que recordaban a un libro que vió una vez, en la exigua biblioteca de la escuela. En él se sucedían filas y filas de minúsculas fotografías del mismo paisaje, y allí siguió, con su imaginación y sus ojos, el cadencioso ritmo de las estaciones. Aquello le había llamado la atención, sin entender que clase de loco tenía la suficiente paciencia, la infinita paciencia de tomar tantos planos. Sonrió ahora meláncolico ante la paradoja, ante su enorme repertorio de ilustraciones, un repertorio que le convertía en testigo único del otoño del roble y de sus cambios.
Una mañana de un sol frío y pequeño levantó la vista al llegar a su lugar de siempre, y vió que del árbol sólo quedaba el armazón de ramas dormidas. Todas sus hojas estaban ya esparcidas sobre la hierba y los caminos, y muchas de ellas servirían de sustento a la nueva primavera. Se sentó para dibujar ese perfíl desnudo y familiar que conocía tan bien como la piel de una mujer imaginada, y quiso tardar mucho más que ningún otro día. Se recreó en cada linea hasta el infinito, disfrutando cada instante de esos últimos trazos como se paladea el último bocado de un plato exquisito. Cuando terminó, ya el anochecer se apoderaba del parque, las luces del paseo encendidas, y los pocos paseantes escapando del frío con las manos en los bolsillos.
Entonces decidió hacer lo que nunca había hecho: alterar el dibujo, no respetar el original. Y dibujó, a medio camino de una rama, muy alejada del tronco, una única y minúscula hoja que destacaba como una huella en la nieve. Cerró el cuaderno y respiró profundamente, sintiendose satisfecho y triste al mismo tiempo.
Tomó entre sus manos el cuaderno cerrado, henchido de todos sus dibujos, y lo depositó al pie del árbol. Mientras se alejaba, arrebujado en su abrigo, el viento abría el cuaderno e iba arrancando las laminas blanquinegras, que se agitaban en el aire unos segundos, antes de corer a confundirse con las hojas secas en la oscura noche de invierno.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Siempre lo sientes llegar

Siempre lo sientes llegar. Un olor húmedo y levemente dulzón, una sensación de inestabilidad, una luz oscura pero transparente. De repente Lady Day suena lejana, aunque no suene. Siempre lo sientes llegar. Da igual que sea 10 de Setiembre o 5 de Octubre, el calendario no importa. Es una sensación que viene desde pequeño, aunque te costó darle cuerpo. El otoño,



La estación de la melancolía ha llegado. A veces es tan repentino como aquella vez que te sorprendió al salir del kiosco de comprar el fallecido “Cuadernos de Jazz”. Cuando entraste aún era verano, cuando saliste era otoño.



Sabes que te vas a pasar dos semanas esuchando sólo a Prez y a Lady Day. Menos mal que tienes sus discografías prácticamente completas. Prez, el saxofón más dulce que ha existido. Lady, la hermosa destrucción. Se acabó el Reggae, se acabaron el funk y el Hip-Hop; el swing y el Jazz vuelven a llamar a tu puerta y te llena de gozo.



Hasta conocer a A. sólo tenías un miedo : enamorarte equivocadamente. Pero ya tienes la suficiente experiencia como para huir de las encantadoras de serpientes. Los marineros no se alegran si escuchan cantos de sirena. Y tú no vas a tener en tu corazón más restos de naufragio. Siempre te cuesta horrores olvidar, te hechizan facilmente, te exprimen hasta dejarte vacío, y se van. Por eso Billie Holiday es mejor compañía que un vampiro emocional. Por eso amas a A.



Ahora vas por la calle y piensas en ideas para relatos; el otoño es la estación creativa, inspiradora y luminosa para tus pensamientos. Vas llenando hojas que luego transcribes al ordenador, hojas de un pequeño cuaderno que siempre llevas encima, y cuando te paras en plena calle y te pones a escribir las personas te miran como a un insecto raro.



Si el paseo es largo puedes tener 4 ó 5 ideas esbozadas, algunas se convertiran en relatos, otras no.



El CD de Lester y Oscar ya estaba puesto en el reproductor, solo hay que darle al “play”. Una obra maestra, una pieza mágica a la que siempre vuelves.



Siempre lo sientes llegar, y este año más que nunca, será que te haces mayor...


sábado, 21 de septiembre de 2013

NOCHE DE OTOÑO

(A ver si así invocamoas a la lluvia unos pocos días (pocos), que llevamos desde el 24 de junio sin una gota, y el aire está apelmazado)


El ruido me ha despertado y sin embargo me reconforta. Me había quedado dormido escuchando un CD de Ella Fitzgerald en la mini-cadena de mi habitación, y este sonido me parece aún más bello, si es posible.Se repite esa sensación de melancolía -y a la vez alegría por estar bajo techo- que acompaña siempre a un fuerte aguacero nocturno. Lo escucho fuerte y nítido al otro lado de la ventana, un torrente monótono pero lleno de matices, cada gota produciendo su propio sonido, una nota distinta del resto pero todas juntas en una pequeña sinfonía de agua y piedra. Como una de las perfectamente construidas improvisaciones de Lester Young. Siento la tentación de levantar las persianas y asomarme a ver llover a la escasa luz de la ciudad dormida, pero me resisto un poco más, arropado entre las sábanas, disfrutando de esa sensación de calor y comodidad, de protección frente a los elementos. Sólo me falta Sassy a mi lado. Pongo un CD de Lester porque me parece perfecto combinar ambas sonoridades. El chapoteo del aguacero va cogiendo ritmo, puedo seguir el entrecruzarse de las frases manejadas por el viento. Hay pequeñas subidas y bajadas; ahora es un zumbido, como el roce de dos suaves telas de seda, parece que llueve menos o amaina el viento; pero de repente vuelve a escucharse la fuerte percusión, la marejada de agua arrastrada por la ventisca, chocando contra el suelo a la velocidad de un bombo enloquecido. Es puro Jazz.

Podría sentir miedo, pero me desborda la alegría de esta naturaleza salvaje que no podemos controlar.
Por fin me decido a subir la persiana, la iluminación es muy leve en el exterior, apenas suficiente para distinguir los pequeños círculos que se forman - fusionan, chocan- y mueren y vuelven a nacer al impulso de la lluvia. Las realidades se transforman por la magia del temporal. Las formas son borrosas, los contornos imprecisos, los movimientos se difuminan y ondulan al reflejarse en el oscuro espejo del suelo inundado. Una farola, que vertical corta el cemento, se convierte en una ágil serpiente al proyectarse en ese cristal. Un árbol muerto vuelve a mover sus ramas, por la acera, hacia mi ventana.
Asomo la cabeza, deseo mojarme y compartir este momento con las plantas que extienden sus hojas para limpiarlas del polvo del día, con los seres nocturnos que ahora están huyendo a refugiarse o salen a disfrutar del imprevisto regalo. El pelo se me empapa, los ojos se nublan, el agua me chorrea por la cara y la pruebo con la punta de la lengua en la comisura de los labios, es un agua dulce y espesa. Me acuerdo de otras tormentas de la infancia, de galernas en la playa y chapuzones bajo una cascada en la montaña. Es un momento de memorias lejanas y transparentes. Un momento de Lester, a quien ya por siempre asociaré con las chaparradas nocturnas
De repente, mi magia se rompe, un grito amarillo irrumpe por el final de la calle, ruidos metálicos, un frenazo, golpes secos, unos focos barren toda la escena dispersando la oscuridad: el camión de la basura. Hay gente trabajando a estas horas y bajo este vendaval, gente a la que mojarse no le debe parecer tan romántico como a mí. El momento encantado ha concluido, ya no hay lugar para recuerdos ni divagaciones, esto es simplemente lluvia, una noche más de trabajo duro bajo el agua y el frío, y mañana yo también debo trabajar, es hora de cerrar la ventana y volver a dormir, espero que al madrugar no siga lloviendo, no quiero calarme camino del trabajo otra vez...

(parece que mi plegaria ha sido escuchada : para Martes/Miércoles anuncian chubascos y una bajada sustancial de las temperaturas. Una semanita así y luego un Octubre veraniego -como recuerdo de otros años- sería un placer inmenso)

jueves, 19 de septiembre de 2013

El Poder de la Palabra

VICIO REDESCUBIERTO:

La poesía. Y digo vicio y no virtud porque como vicio engancha. No hay dormir sin flexo y poesía. No hay terraza de verano sin libro y clarita. Verlos, tocarlos, saber donde están, notar, oler, sentir su tranquilizadora presencia.

No hay mejor cura para un desamor que una dosis de versos bien enlazados. Plena te llena el alma. Da vida a tus ensueños y tierra a tus voladuras.

Quizás tu amigo poeta haya sido, sin pretenderlo, quien te ha lanzado al pozo de la rima, al deleite de la lírica.

Un pequeño librito de Salinas encontrado en un rastro. Una maravillosa antología de Neruda encargada con anhelo.

Siempre deja un poso, más que un poso, un rastro cavado en la montaña por un pequeño pero ancestral río.

Y caes a sus pies y dices:¡hazme tuyo!

Dedicado a mi padre, quien me enseño a amar “Campos de Castilla”

miércoles, 18 de septiembre de 2013

¿Donde estás?

Este poema está escrito hace unos meses, cuando la soledad me abrumaba y pensaba que nunca encontraría a mi chica. Es un buen recordatorio para mí y para tod@s, nos informa de que el amor no tiene edad y se puede hallar en el sitio más insospechado.

¿Dónde estás?
¿Dónde te escondes?
¿Quién eres?
Tienes la mirada de Ana
y la ternura de Sarah
Aún no te conozco
y ya te añoro
Quizás paras
en mi cafetería de siempre
y nunca nuestros ojos se han cruzado



Te llamo y no me escuchas
Te quiero...
y no me correspondes.



Cada noche te sueño
te abrazo
te beso
hacemos el amor
nos reímos...
Somos dos niños que acaban de descubrir
que del cariño puede surgir
algo mucho más grande
Algo eterno



Cada noche te sueño
y al despertar
busco tu melena
Ya te has ido
ya estoy solo y abandonado
Deseo que anochezca
a las tres
y amanezca al mediodía
Veintiún horas contigo, y tres en soledad
Y que en esas tres
llames a mi puerta
¡Por fin nos hemos encontrado!
Ya nunca más
estaremos solos
Yo seré el alfil
y tú mi reina.
Nada nos separará
jamás

Sueño con un final
un final para los dos
un final donde
con un silbido
el fuego nos recoja
amistoso
y nos convierta en humo.

Para A.


jueves, 12 de septiembre de 2013

OSOS

Un pequeño pueblo -apenas un poblado: cuatro casas y una taberna- llevaba meses padeciendo el ataque de una manada de osos. Comían la miel de las colmenas, destrozaban los cercados, se bañaban en los pequeños estanques de los patos y asustaban a los niños.

La asamblea del poblado, harta de la situación, decidió entrar en el mundo de los osos como ellos entraban en el suyo. El hombre más fuerte de la aldea fue elegido para ir al bosque, disfrazado de oso, con un traje cosido con pieles y uñas encontradas. La noche anterior al solsticio de invierno, cuando los osos se juntaban para despedirse a hibernar y urdían planes para primavera, el hombre y su disfraz se adentraron en el bosque, hacia el claro, para escuchar e informar a la aldea. Encontró el llano y se situó, entre los osos, con su traje cosido deprisa y sus uñas postizas, los ojos bien abiertos y los oídos atentos, escuchando lo que de nuevo y de viejo se contaban los osos entre ellos. Los osos nunca pasaban más de tres días en aquel lugar del bosque, así que tenía que abrir bien sus recién estrenadas orejas de oso.

Llegaron poco a poco al descampado, casi doscientos osos andando pausado, y pudo escuchar el reencuentro de las familias saludándose años después, el rumor de una bellota cayendo, las alegrías del recién nacido y la tristeza del que no volverá. Los osos empezaron a tocarse las patas en su idioma de oso, a lanzarse ramas de roble unos a otros; estuvieron jugando entre los árboles, cazando truchas y haciendo pequeños corrillos. Se dedicaron a disfrutar del sol naciente, y a intrigar menudas diabluras en su puesta. Y así transcurrieron dos días...

Llegó el tercer día: el hombre tuvo una pesadilla, y en ella el calor derretía su traje de oso, y con él dentro, el sol convertía a los dos -traje y hombre- en una mancha solitaria en el centro del claro. Y despertó.

Era el tercer día. El solsticio ya había pasado y los osos empezaban a despedirse hasta la próxima vez; frotaban sus narices y murmuraban pequeñas palabras al oído deseando lo mejor para el año siguiente. Y en ese momento el hombre sintió que el calor era insoportable, la necesidad de quitarse el disfraz fue mayor que su prudencia, y aterrorizado por seguir el camino de su pesadilla empezó a desnudarse.

Y en ese mismo momento ocurrió algo muy extraño: cuando se quedó desnudo, iluminado por el sol en el centro del claro, un ser humano indefenso en mitad de la reunión de osos, otros osos empezaron a rasgar sus trajes de piel para el frío mostrando debajo blancas pieles humanas, una tras otra, cayendo las duras pelambres oscuras que cubrían hombros y pecho, piernas y rostros de mujeres disfrazadas de osas, de hombres aparentando ser osos. Y en un momento no quedó en aquel bosque ningún oso, sólo hombres y mujeres con pieles de oso arrugadas cubriendo sus pies y miradas de sorpresa y alegría inexplicable.

lunes, 9 de septiembre de 2013

RELATO: Pastelitos y música

Tenía insomnio. Eran las 4 y media de la mañana y llevaba sin pegar ojo desde que se acostó, a las 11. Ademas tenía hambre y el frigorífico era un glaciar vacio. Así que decidió bajar a la panadería del barrio, donde a cualquier hora de la madrugada te abrían la puerta y te vendían algo del día anterior.

Su sorpresa fue gigantesca cuando, camino del obrador encontró...un músico callejero!!. Y además tocando un blues, su gran pasión. Por supuesto que le preguntó qué carajo hacía tocando a esa hora en que las calles dormían. Le respondió que no tenía un chavo y que quería tocar en la calle pero aún no se atrevía, así que lo hacía de noche a ver si perdía el miedo.

¿Tienes hambre?. Siempre tengo hambre, sobrevivo con 300 euros al mes. Pues iba a la panadería, compro algo para los dos, vale?. Murmuró un tímido "Gracias"

Se sentaron comodamente en la acera a devorar los pasteles y charlar de música. A Kike (el músico), le gustaba mucho el Blues, pero no conocía mucho de esa apasionante música que Jose Luis controlaba a la perfección.

Ambos tenían muy buen oído, así que JL le estuvo enseñando los diferentes estilos y técnicas de tocar esa música maravillosa: "Mira, éste es un Blues del Delta, con estas ligeras variaciones tocas un Piedmont Blues, estas son las claves del estilo de John Lee Hooker, éstas las de T-Bone Walker, así es un blues arquetípico de Chicago...etc.". Se despidieron con un abrazo, y Jose Luis durmió como un bendito.

Cuando despertó, escuchó un Blues: ¡¡Kike estaba tocando en la calle!! Tras asearse y desayunar bajó a escucharle. Una sonrisita de complicidad entre canción y canción era suficiente, lo estaba haciendo increiblemente bien.

Esto sucedía hace 15 años, hoy en día Kike y su trío son fijos en los mejores festivales de estados unidos y Jose Luis ha sido el productor de sus 4 discos. ¡¡Benditos pastelitos!!

jueves, 5 de septiembre de 2013

COUNT BASIE

 Estoy seco de ideas literarias, así que os hablaré de música. Que lo que mejor entra en Verano es el swing es un hecho científicamente contrastado ;-). Yo llevo varias semanas saltando de Count Basie a Benny Goodman y viceversa, así que hoy no toca relato sino interludio musical, el eje alrededor de cual gira mi vida

 Mi intención hoy es pegarle un repaso a la cronología de la carrera de Basie hasta alcanzar el éxito, destacando los hechos más notables. Vamos p'allá:

-1904 : (ahora tendría 109 años y seguría con su piano y su banda), nace en Red Bank, New Jersey, un 21 de Agosto.

-1928 : entra a formar parte de "The Blue Devils", donde entra en contacto con Walter Page, el futuro contrabajista de su orquesta, y de la llamada "all american rhythm section". Los "Blue devils" se puede decir que en buena parte se convirtieron en la orquesta de Bennie Moten por el poco ortodoxo metodo de Moten de comprar a sus mejores figuras.


-1929 : Conoce a Lester Young en la orquesta de Clarence Love, pero fue despedido por no saber leer música. Hay que decir que la vida nocturna de aquellos años en Kansas City estaba fomada por muchas orquestas, a cual más desorganizada, y con un continuo flujo de músicos de una a otra.

-1932 : obtiene un gran exito con las grabaciones para Victor de la orquesta de Bennie Moten, La gran depresion acaba con la orquesta de Moten. Pero fue una caída muy transitoria, ya que a finales de año vuelve a juntarse la orquesta, y graba las extraordinarias caras para Victor a las que hacía referencia..


- 1935 : muere Moten a manos de un "dentista" que le secciona la yugular. Basie y Buster Smith asumen la dirección colegiada de la orquesta. Buster abandona pronto y la orquesta pasa allamarse "The Barons of Rhythm"

- 1935-1937: es un período de tantas convulsiones en la orquesta, que merecería un artículo propio

 - 1937: debutan en Nueva York , ya bajo el nombre de Count Basie Orchestra. Los principios fueron horrendos, ya que la orquesta aún no estaba conjuntada, y nadie quería ver a "aquellos desaliñados paletos del sur". Pero actuación tras actuación la orquesta mejora horrores. En aproximadament un año, se ganan al público neoyorkino, que se agolpaba en los clubes en que tocaran. Y es que era de cajón : con el "pique" entre los saxofonistas Lester Young y Herschell Evans, y la sección rítmica con el propio Count Basie al piano, Freddie King a la guitarra, Walter Page al contrabajo y Jo Jones a la batería, triunfar era sólo cuestión de paciencia. Aún y todo, se decía de la orquesta que era la más desorganizada que exitía. Podía ser verdad, pero poseían un swing por el que otras matarían.