miércoles, 8 de abril de 2015

El encendedor Zippo






Era un miércoles a las 5 de la mañana en una pequeña aldea. Se despertó y le apeteció fumar, uno de sus queridos celtas sin filtro. El Zippo, que llevaba con él 15 años, regalo de la que fue la mejor de sus amantes, no daba fuego, Ayer dio su última bocanada y se había olvidado de comprar gasolina. Lo agitó, lo apretó, le dio la vuelta... probó todo. No, imposible, no había un microgramo de combustible. Sabía que sólo tenía ese mechero, pero aún y todo buscó -infuctuosamente- alguno olvidado en un cajón o donde fuere. Salió a la calle, a ver si por un milagro encontraba a algún fumador noctámbulo o madrugador, quizás un borrachín perdido. El pueblecillo se recorría en diez minutos escasos, y no se cruzó con un alma. Al volver a casa tuvo una brillante idea. Envolvería una bombilla en papel higiénico impregnado de gas y alcohol. Así lo hizo, el papel se calentó rápidamente, incluso pareció arder, pero ...un cortocircuito, un incendio. Un fumador menos.




3 comentarios:

  1. Ese mechero encendía si hubiera tenido la ocurrencia de ponerle el alcohol que le puso la papel higiénico.
    ¿A que sí?
    Salu2.

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  2. Pues no lo sé Alfredo, y soy coleccionista de Zippos (bueno sólo tengo 10 ó 12), pero jamás se me ha ocurrido ponerles alcohol en vez de gasolina...en cualquier caso no voy a probar para escarallar uno, jajaja, que de 40 pavos no bajan.

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  3. Tuvo el destino que se merecía por envenenarse de esa forma.

    Suerte

    J.

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