lunes, 20 de abril de 2015

RUINAS

Sales a dar un pequeño paseo, y te paras a contemplar ese viejo edificio al cual nunca habías prestado atención. Ahora reverdece, su fachada desprendida por fin de la enorme valla publicitaria que la atormentaba. Piedra y cemento y unas ruinosas ventanas que vuelven a la luz y muestran entre guiños un interior derrumbado. Tras mucho tiempo, la aparición de su verdadera cara en esta esquina supone un acontecimiento que sólo si paseas con ojos abiertos y cierta alma se puede apreciar. Tras las ventanas, cascotes y muros semiderruidos hacen suponer que vendrán las palas excavadoras y crecerá allí otra rápida torre de viviendas. Es breve el instante en que el viejo edificio recupera su prestancia y por momentos vuelve a presidir la calle, como tal vez hizo muchos años atrás. Ahora, libre de la obligación de anunciar malas películas y peores diarios, ofrece un lugar mágico para que los niños jueguen y se pierdan en su interior, tan comido por escombros como renacido por árboles que el tiempo ha crecido. Quizás dentro de unas semanas este lugar sea siquiera un recuerdo, el ruido y las máquinas chillonas y grasientas se abrirán paso a su través, para formar un nuevo bloque impersonal.
Y tú te preguntas si no sería mejor dejar, en ciertos lugares, viejas ruinas que recuerden el pasado, y que su deterioro, lento, pausado, a la vista de todos, nos dé tal vez una mejor idea del paso del tiempo que la ofrecida por infalibles relojes nucleares. Imaginas una ciudad imposible (pero esta ciudad ya lo es, todas lo son pero esta quizá más) en la que cohabiten, en calma y respeto, nuevas construcciones, viejas joyas rehabilitadas, y ruinas envejeciendo sin pudor a la vista de la gente. Ruinas queridas y no abandonadas, respetadas en su marchita y misteriosa belleza, apreciadas por su sabiduría que puede volver a encantar a niños que juegan y adultos que se dejen llevar por su dulzura intangible.


Recuerdas otros lugares, otras ruinas, famosas algunas, tan famosas que no hace falta nombrarlas porque están en la cabeza de todos, en todas partes del mundo; otras desconocidas, modestas ruinas que descubriste en un pequeño paseo y que han pasado a formar parte de ese universo personal de recuerdos y momentos. Ruinas rodeadas de árboles cultivados, y otras de simples malezas que han ido medrando hasta convertirse en pequeños bosquezuelos que cobijan la piedra olvidada. Quizas algunos de los grandes monumentos empezaron así, como pecios de un tiempo lejano que alguien empezó a valorar y con su entusiasmo consiguió contagiar al resto. Esta vieja casa abandonada que hoy te ha hecho pararte es sólo una prueba de que hay algo más, algo que la razón no puede comprender y el alma sí.
Con tu camara y tu cuaderno vas sacando fotos, dando con frases temblorosas que escribes con premura, para no olvidar lo que tal vez mañana será destruido. Y mientras tanto, piensas en tristeza, lloras un pasado no respetado que tú no viviste, pero que las ruinas te ayudan a recordar.




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