lunes, 8 de junio de 2015

Ojos de crema y miel



Era por sus ojos, si estabas en esa terraza era por sus ojos de crema y miel. No estabas haciéndote el interesante con ella, os conocíais demasiado. Simplemente que escuchar a Johnny Shines y leer a Rafael Alberti te convierte en una “rara avis” en esta ciudad. Estás en esa agradable terraza, atendida por un ser puro, con la mirada limpia y sincera, fresco oasis, panacea para el espíritu. Esos ojos inconcebibles no son suficientes como para decidir permanecer eternamente en ellos, pero sí para absorber cierto aire fresco en medio de esta atmósfera apelmazada y opresiva. Además, ella leía y escribía -excelente- poesía y os dejábais libros y vuestras respectivas poesías. Y sus 2 tardes libres las pasábais en la biblioteca municipal, mientras la mayoría de la gente estaba en la playa...¿Y qué?

Todos los versos de “Marinero en tierra”te hacen pensar en la mar, una mar añorada, que se encuentra, sus olas, a una hora de autobús. Una mar que la ciudad oprime, y que pese a todo, no consigue matar verdes y azules ni convierte en turbio cenagal. Una mar que frecuentarías más si tuvieras coche, o si pudieras aguantar durante casi una hora los gritos estridentes de los jovenzuelos que van a la playa, contigua a la cala nudista a la que tú vas, si vas.

No estás haciéndote el interesante, escuchas a Shines y lees a Alberti porque estás aterrizando (por enésima vez) en la poesía y el Blues, tras una corta temporada de narrativa y Pop suave. Pero si hubiera alguien que te prestara atención (inusitado en esta ciudad en la que nadie presta atención a nadie), podrías estar escuchando a Beyoncé y leyendo eso de las sombras de Grey.

No, no lo haces por resultar interesante, a tus 52 años ya no eres interesante para nadie.

Pero está la chica. En esta ciudad de pegajoso y frío pavimento, están sus ojos, donde ves olores a los que aferrarse. Pero no, no estás enamorado de ella, hace 10 años que cerraste esa puerta para siempre: doble cerrojo, lacre y hormigón; no estás dispuesto a que nadie más entre en tu vida para jodértela. Contemplas sus ojos como podrías contemplar una selección de fotografías del “National Geographic”, con un enorme disfrute pero sin amor. Estás agradablemente sorprendido de otear en el horizonte una visión parecida a la que debieron ser tus ojos 30 años atrás, precediendo a su lento degenere. Menos mal que ¡al fin! te han concedido el traslado a una pequeña, bella, y acogerada ciudad. Quizás allí tu memoria olvide los últimos 30 años, tu mirada recupere el brillo, y puedas derribar a machetazos la coraza de tu corazón.

Vuelves al libro y marcas con banderitas los poemas (numerosos) que incluirás en tu blog. Johnny Shines ha dado paso a Big Bill Broonzy, la luz al crepúsculo, y el agrado al frío...y la mirada de la chica refleja cansancio. En esas aparece Juanjo, un habitual de esta tardía hora. Desconectas el MP3, cierras el libro, y te preparas para el casi ritual “¿ya estás leyendo a uno de esos maricones que no conoce ni dios?”. Pasas de explicarle lo importante que es es Alberti, y en su lugar le sueltas un “Tío, o dejas de beber cerveza o vas a tener que vestirte con túnicas”. Siempre teneis un cachondo cruce de piques, os apreciais mucho, aunque nunca se explicite: sois hombres al fin y al cabo.

Entrais, y Juanjo va a empezar su consumo masivo de Grimbergen, y tú le acompañas (es imposible ir a ese ritmo) con un par de tercios de Mahou. Falta un hora para el cierre: hay 2 personas en la barra ( juanjo y yo), y una pareja en una mesa. Por fin Yolanda puede descansar: te llama a un aparte para contarte alguna cosa importante. Y los dos salís a fumar un pitillo, te hueles algo doloroso.

Y de repente Juanjo se desmaya. Casi telepáticamente, Yolanda se dirige a donde él, y tú a llamar al 061.

Juanjo ni respira ni despierta. La ambulancia medicalizada llega en 2 minutos. Yolanda está agotada y yo fresco, así que acordamos que yo sea el acompañante y ella quede esperando a mi llamada para avisar a la familia si procediese.

Por mucho intento de reanimación que hacen en la ambulancia, Juanjo ha muerto de un fulminante infarto. No le puedes dar la noticia a Yolanda por teléfono, así que coges un taxi y vas al bar. No dices nada, simplemente te abrazas a Yolanda y rompes a llorar. Ella también.


Lo único que hemos sacado Yolanda y yo es una amistad que sabes durará toda la vida. Es tu hermana pequeña, lo compartís todo. Juanjo nos mira desde el cielo, brinda con una Grimbergen, y sonríe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por colaborar a que esto mejore :-) Sois tod@s muy bien recibid@s. SALUD!!