domingo, 30 de agosto de 2015

Mi amada sufre



Hicimos el amor de la forma dulce pero apasionada que tanto placer nos daba. Al acabar, nos quedamos unos minutos abrazados y así dormimos. Cuando desperté, ví su rostro dulce y tierno, dormido con una sonrisa en los labios.

Y ahora desperté de verdad: nadie compartía mi cama, nadie desde hacía cuatro meses.

Ella sufrió en el trabajo un tremendo ataque de ansiedad y tuvimos que subir a urgencias. Allí le pusieron una inyección intravenosa de una sustancia cuyo nombre nunca me dijeron, que en principio le tranquilizó. No me dejaron quedarme por la noche, estaba prohibido.

Cuando acudí al día siguiente, me encontré con un vegetal. Pregunté al primer psiquiatra que pude y me dijo "Sí, hubo un error en la dosís, no se preocupe, no se repetirá" ¡¡¿¿QUE NO SE REPETIRA??!!. Será en otros malditos pacientes, a mi pareja la habeis dejado como un vegetal!!! "Tiene un 10% de posibilidades de de recuperarse". ¡¡O SEA NADA!!. Doce años de felicidad, y por un puñetero ataque de ansiedad habéis matado a 2 personas. Se va a arrepentir de esto hasta vuestro santo patrón.

Pese a mi cargo (teniente de la Policía Nacional) y mis méritos (bajo mi mando se habían desarticulado tres comandos etarras), la medicina es tan corporativista en Bilbao como un gobierno de Stalin. No conseguí nada por la vía judicial.

Me dejaban visitarla de 7 a 8 todos los días, y casi al cabo de dos meses empezó a reconocerme, de una forma que me dejó paralizado y extasiado. Dijo "¿Recuerdas el viaje tan romántico que hicimos a Lisboa?".

Empezamos a rememorar aquella semana y demostraba una memoria increíble. ¡¡Está curada, está curada!! , salí gritando por el pasillo. Una enfermera entró en la habitación y me dijo al salir que estaba como siempre; entré yo corriendo y comencé a dialogar con mi amada. La enfermera se sorprendió, se asustó incluso, y avisó a un psiquiatra, que me ordenó de una forma desagradable e inhumana salir de la habitación. Tras media hora de pruebas salió y dijo que estaba igual que siempre. Contra su oposición entré y le dije: "¿Recuerdas cuando perdimos al niño?". Y contestó: Dios, fue horrible, tras cinco meses murió en mi interior y quedé estéril. Ya llevamos año y medio intentando adoptar, infructuosamente. Sonreí con orgullo y desfachatez y le dije: ¿Con que no está curada, eh?. NO, no está curada, simplemente le reconoce a Usted, no es suficiente para dejarla salir. "Muy bien", dije, y me marché pergeñando un plan.

La mañana en que comenzó este relato, empezó a fraguarse el plan. De todos es sabido que quien más contactos tiene entre las mafias y los terroristas es la policía. Había detenido a 3 comandos etarras de baja categoría, pero había dejado cruzar la frontera a dos células del Comando Madrid. Hay que tener amigos hasta en el infierno.

Pedí dos semanas en el trabajo con la verosimil excusa de que había una no pequeña facción de ETA que estaba buscando una salida negociada a la violencia, y yo tenía un buen contacto.

Una vez en Francia encontré a Gohierri, nos saludamos amistosamente, y me preguntó el motivo de mi presencia allí. "Necesito armas, muchas armas". Un hombre que ha mantenido vivo al comando Madrid se lo merece, te llevaré a nuestro arsenal central -me dijo. Me recomendaron subfusiles, fusiles de asalto, kalashnikov, escopetas de cañones recortados, ametralladoras y pistolas. En total me hice con 25 armas y 3500 balas, que por ser Policía Nacional pasé por la frontera e instalé en nuestro piso sin problemas.

Al día siguiente, mientras entraba para hacer la visita a mi amada saqué en mi mente imágenes fotográficas del Pabellón. Iba a ser fácil.

El miércoles entré con una mochila y una bandolera conteniendo mi arsenal. Las dos enfermeras de la puerta me saludaron con un rutinario "Buenas tardes, Juan". Fue lo último que dijeron: dos disparos a quemarropa con silenciador, las primeras 2 muertes. Era hora de los subfusiles. Fuí entrando a cada habitación y acribillando a los enfermos de dos en dos. Todas las enfermeras, bedeles, y el único psiquiatra, acudieron al estruendo. Con una ametralladora en cada mano fue fácil deshacerme de los despojos humanos que casi habían dado muerte a mi mujer. Cargué los subfusiles y seguí dando muerte a todos los enfermos, para que nadie pudiera recordarme. Entré en la sala de TV y allí estaba Ella, que me saludó con un "Te quiero Juan". Cuatro vegetales más la flanqueaban, y volví a las pistolas. Contemplé como en la entrada se arremolinaba todo el personal de recepción, y los Kalashnikov AK-47 cumplieron su misión.

Hice saltar en astillas toda la puerta trasera con una recortada, salimos de allí, cogimos el coche, y nos dirigimos al hogar central de la mafia vasca de la droga. "Hombre, Juan, te íbamos a llamar mañana para que detuvierais un pequeño cargamento de hachis en Guetaria mientras colábamos 7 toneladas de coca por Bermeo". Ya no soy Juan, soy Imanol Arradegi Aspiazu, y le conté lo que había hecho. No se sorprendió de tal matanza, simplemente me felicitó. Necesitamos un cambio total de imagen, pasaportes falsos, y 15.000 euros. "Sabes que a tí no te puedo negar nada, Juan, nos has hecho ganar cientos de millones, y sé que eres un hombre modesto, que los 15.000 sean 250.000. Apenas pude decir nada, las lágrimas me anegaban.

En el cambio de imagen, me pusieron unas extensiones con las que parecía un heavy, afeitaron mi poblada barba, y colocaron unas lentillas de color azul sobre mis ojos castaños. Estaba terriblemente guapo. A Yolanda le raparon al cero su larga melena rubia, ocultaron sus preciosos ojos verdes tras lentillas negras, y le colocaron unas gafas sin graduación. Nadie nos reconocería jamás. Nos sacaron fotos y al instante estaban los carnets y pasaportes hechos. "¿A donde vais?". A Brazzaville, República del Congo, no hay tratado de extradición y los dos hablamos Francés. ¡Suerte!, y le abrazó

En un vuelo desde Madrid con 2 escalas ya estababamos allí, y nos digimos a Pointe-Noire, la segunda ciudad del país, y con costa. Hicimos edificar por unos pocos miles de euros la casa de nuestros sueños, un duplex con una gran terraza que miraba al mar. Yolanda ha recuperado el 80% de sus facultades cognitivas, y volvemos a hacer el amor de la forma dulce pero apasionada que tanto placer nos da. Al acabar, nos quedamos unos minutos abrazados y así dormimos. Cuando alguno despierta, ve el rostro dulce y tierno del otro, dormido con una sonrisa en los labios


lunes, 24 de agosto de 2015

La estatua de Charlie Parker






Ella paseaba entre las hojas caídas. Marrón oscuro, castaño, naranja, amarillo...No había nadie en el parque, a excepción de dos docenas de estatuas de un gris verdoso que, quizás, aún buscaban su alma.
A lo lejos había algo, o alguien, que no parecía una estatua. Los árboles estaban plantados cada cinco metros, puede que 250 le separaran de aquella silueta negra.
Caminaba hacia ella, sí, y era un hombre: delgado, alto, barbudo y con una negrísima media melena. Anna llevaba en Ottawa escasas horas y lo primero que había hecho era ir a pasear, y a fumar, desentumecer piernas y contaminar pulmones tras 14 horas de avión.
Había olvidado en Volvogrado su cámara de fotos, una verdadera lástima, porque veía muchas instantáneas entre las estatuas desiguales y los olmos alineados.
El desconocido estaba ya a apenas unos pocos pasos, y pudo observar que era realmente alto, dos metros o quizá más. Se saludaron cortesmente con la cabeza y los hombros e e intercambiaron un Hy!. De repente él se acercó con el móvil en la mano y le pidió, en un correctísimo inglés británico, que le sacara una foto junto a una estatua, que resultó ser la de Charlie Parker. Ella también era una gran fan del saxofonista, así que terminaron fotografiándose de mil y una maneras junto a Bird, en posiciones realmente cómicas. Anna le pidió que le enviara las fotos, e intercambiaron sus correos, despidiéndose con un apretón de manos; despidiéndose de momento...

Tres días más tarde, en un museo dedicado a los antiguos y exterminados pobladores indígenas, volvieron a encontrarse. Sin saber porqué se sintió muy nerviosa, apenas había vuelto a pensar en Edgard, y sin embargo volver a verle le provocaba una extraña comezón, y supo que se estaba ruborizando. Él la invitó a un café y ella observó por primera vez la extraña profundidad de aquellos ojos bellísimamente castaños.

El resto del museo lo recorrieron cogidos de la mano, con la confianza de quienes llevan 20 años de matrimonio y siguen intensamente enamorados.

Cuando llegaron a su apartamento, Anna pudo asociar la profundidad de sus ojos a la mirada de pintor de un Edgard que se revelaba en sus cuadros mucho más que en sus escasas palabras. Le contó que en Liverpool no encontraba salida a su arte y tras un año en Ottawa empezaba a ver resultados, era probable que se quedara en Canadá para siempre. Compartían un té, y Anna era incapaz de coger la taza por miedo a derramarla con sus temblores. Observó que él también temblaba, ¿qué estaba pasando?. Ella buscó una vulgar excusa para huir aterrorizada y se despidieron con un dulcísimo pero ligero beso en los labios.

Pero era inevitable, al día siguiente, 23 de octubre, a las 4 de la tarde, estaba otra vez en el apartamento del pintor. Los 15 días planeados se fueron convirtiendo en semanas, y ella temblaba sabiendo que atrás dejaba un trabajo magnífico por el que llevaba años luchando. Era un temblor interior de pánico a lo perdido y a lo desconocido. Té y beso, beso y té, paseos y cuadros, retratos maravillosos que Edgard sacaba de la nada con sus pinceles.

Y llegaron las navidades, envueltas en nieve y en una ciudad bellamente engalanada. Saliendo entre risas de comprar adornos, él la llevó a un pequeño callejón que Anna reconoció al instante por haberlo visto de mil formas en mil cuadros. Era un callejón sin salida, rematado en una acogedora plazoleta con árboles y bancos. No había nadie.

Y allí lo hicieron al fin, como si para ambos fuera la primera vez. Pasaron las navidades instalados en el apartamento, Anna con un trabajo abandonado, Edgard con cuadros a medio terminar. Le confesó que tenía muchas fotos con la estatua de Parker, pero le sirvió como excusa, se había enamorado nada más verla. Rieron hasta llorar. Los brazos de él la rodeaban constantemente y sentía como si nunca hubiera sido abrazada, nunca protegida; amor, ternura, pasión...

No tuvo que pensarlo, nunca volvió a Rusia.

(Pero jamás intuyeron el papel mágico que jugó la estatua de Bird para su reencuentro en el museo Cherokee..)