lunes, 28 de diciembre de 2015

ME ENCONTRÉ CON EL DIABLO EN UN CRUCE DE CARRETERAS...

...y me dijo:
-Quiero comprar quince años de tu vida...

y yo le contesté:
-¿Qué me ofreces a cambio?

me miro sonriendo y habló:
-Pide tú el precio...

no me hizo falta pensarlo:
-Te los vendo a cambio de no sufrir nunca más por un cerebro que viaja constantemente del pasado al futuro, yo quiero saber vivir el momento presente con plenitud...

me guiñó un ojo:
-Coge tu viejo vinilo de Blind Willie Johnson y que nuestras sangres se crucen sobre sus surcos, así cerraremos el pacto...

Así lo hicimos, y ya cuando se marchaba giró la cabeza diciendo:
-Por si tenías curiosidad, estabas predestinado a vivir hasta los 85 años, ahora sólo vivirás 70...

"He hecho el mejor trato de mi vida" pensé, y me reí de la paradoja. Pero sin embargo, aún le pregunté:

-¿Qué vas a hacer con esos 15 años?
-Ya los tengo apalabrados con un anciano banquero agonizante, a cambio de su alma y su dinero.


Y se marchó silbando aquel viejo Blues que hablaba de encontrarse al diablo en un cruce de carreteras...

jueves, 3 de diciembre de 2015

Under the influences





Una tesis doctoral sobre Galdós y una novela de ciencia-ficción de 258 páginas en los últimos 4 años le había parecido abordable a un joven de 25 años; al adulto de 30 en que se había convertido le parecía una verdadera locura. Ahora tenía tiempo y dinero y nada que decir, y solo pensaba en que se había convertido sin pretenderlo en su adorado Truman Capote, y no en Bob Dylan.

Le habían dicho que la marihuana acrecentaba la creatividad y él, que ni siquiera había probado la cerveza, pronto se encontró fumando tres porros diarios. Escuchaba a Pink Floyd, a los primeros Floyd, y veía la música en colores, acordes de verde azulado y de naranja. Releyó varios volúmenes de relatos de Philip K. Dick y empezaron a ocurrírsele estrambóticas ideas sobre una novela en la que Dick seria el protagonista de uno de sus propios cuentos. La idea realmente no era mala, y nunca había tenido miedo al folio en blanco, asi que se puso a ello. La verdad es que su trabajo de bibliotecario era una bendición, de las 8 horas diarias le quedaban 6 para documentarse y escribir, en esta era de descargas gratuitas coger en préstamo un libro de papel se había quedado "demodé".

Al salir del trabajo iba a comer al mismo barcito de los últimos 5 años, rica y barata comida casera, y total confianza para pagar cuando le viniera bien si andaba escaso. Era el bar más antiguo del barrio, lo cual lo situaba sin duda en el Siglo XIX, y pese a la confianza, nunca se lanzaba a pedirle a Paco que le contara historias vividas desde tiempos de, al menos, su tatarabuelo. De hecho no lo hacía por respeto, un extraño respeto que le impedía decirles a Mariló y a su marido que ese era, en definitiva, su gran proyecto de novela final. Nuestro protagonista era un tipo sencillote y campechano, un gigante de casi dos metros, todo hueso, incipientemente calvo y encorvado, vestido con lo primero que encontrara al levantarse. Pero notaba, y le incomodaba, ese casi reverencial respeto de los parroquianos -y del resto del barrio- al doctor y novelista. No sabía si a la pareja que regentaba el bar les parecería su proyecto un halago o una ofensa. En cualquier caso, sabía que se decidiría, mirando hacia atras veía a un tipo valiente: como cuando, recién acabada la carrera, se plantó por cabezonería en Oviedo, con 80 euros en el bolsillo, 30 libros y algo de ropa. Su ilusión era hacer ese doctorado con aquel maestro, y no se le cayeron los anillos por dormir varios meses en una okupa.

Ya había estallado la tercera guerra mundial, Rusia bombardeaba posiciones turcas, los USA habían invadido Siria, Grecia se encontraba en una encrucijada entre Oriente y Occidente, la sangría de atentados suicidas yihadistas en Europa era constante, los refugiados morían por millares en las blindadas fronteras, y el ultraderechista gobierno español, alineado con los USA, para variar, enviaba sin cesar tropas a la frontera iraní. El ataque con bombas atómicas era inminente. Y él decidió, con valor, conocer de primera mano todo aquello. Grecia era su primer objetivo, y de allí a la sufriente Siria. Olvidó sus proyectos de novela, y se lanzó a la más sangrienta aventura de su vida. No pudo resistir el horror Sirio y se trasladó a una Rusia, al gran oso ruso, que jamás nadie había podido invadir. El transiberiano era su gran sueño, Moscú-Vladivostok, 9000 kilómetros. Le sorprendió la paz que se respiraba, aquellos lugares, míticos en su imaginación desde que leyera "Miguel Strogoff", eran ajenos a todo conflicto. En Vladivostok terminó por instalarse y parió novela tras novela, mientras la guerra seguía, mientras Manhattan era ruina tran un ataque inedintificado con bombas atómicas. Pero él era feliz, ya escribía sus novelas en ruso y gozaba de relativo éxito. A veces añoraba el barcito de su barrio, pero se casó,tuvo hijos, se nacionalizó ruso, y se olvidó de la guerra. Vladivostok estaba demasiado lejano al conflicto, a veces llegaban noticias, que parecían proceder de Venus.. Ya un reputado novelista, sabía que había hecho lo correcto. Amaba Rusia, y Rusia le correspondía. Llegó hasta los 110 años y la guerra aún no había terminado. Sería eterna, pero, sinceramente, le importaba una mierda. En su epitafio se leía "Siempre hizo lo correcto". Cuando por fin la guerra llegó a Vladivostok, su tumba resistió milagrosamente. Era un hombre con suerte.