jueves, 16 de junio de 2016

MÓNICA (parte I)







Paseaba despreocupado, ajeno al día, ajeno al mes, ajeno al año. Granada era su ciudad favorita de España, podría decir incluso que del mundo, y mientras paseaba por el Albahicín pensando en su charla del día siguiente -un repaso a la "otra Florencia", la que apenas aparece en los libros- se daba cuenta de que todo el año había estado supeditado a ese mes de junio, del que ahora las fechas le parecían extrañas, un mes con día 7 y 21, donde leía la charla más importante de su vida y se casaba con una mujer a la que apenas conocía.

Resultaba paradójico pensar que apenas la conocía, porque estaba en su vida desde hacía 7 años, pero un impenetrable muro de grises los separaba. Se casaba por inercia, porque todo el mundo asumía que lo harían; pero el amor -si es que existió- se había apagado hacía eones.

De repente, a lo lejos, le pareció reconocer una silueta conocida, unos ojos de brillo inconfundible, una sonrisa de desmantelar misiles. Se acercó, y sí...¡era Mónica!, su gran amor universitario, aquella noche en París en la que pudo pasar todo y no pasó nada...pero sí.

Estudiaban Historia, cuarto de carrera, y fueron de los 30 afortunados del curso que ganaron un viaje a París para recorrer con calma el Louvre. La última noche salieron a tomar unas cervezas y su conexión, si ya era fantástica, se tornó en algo extraordinario. Notaron como el resto del grupo les hacía un peculiar vacío, conscientes de que allí se estaba cocinando algo. Se alegraban por ellos, eran dos de las personas más populares de la facultad, y no se les conocían novios ni flirteos.


martes, 7 de junio de 2016

EL PINTOR







Gerardo no tenía una mente normal, si es que existe ese concepto. Era hiper-sensible, y frágil como el vidrio más delicado. Poseía una inteligencia y una intuición que se salían de las tablas. Era un solitario vocacional cuya gran afición y vía de escape era la pintura. Visitar la cochambrosa nave en la que trabajaba y almacenaba sus cuadros, era como visitar un museo de Pollock, Picasso, Miró...De nuestros días.

Pero él no tenía ninguna intención de vender sus obras, ni siquiera de exponerlas, nada más lejos de su intención; era un simple disfrute casi egoísta. Vivía modestamente de una pequeña pensión por enfermedad, y no he conocido persona menos consumista que él. Por mucho que sus poquísimos amigos y conocidos le dijéramos que aquello era genial, y que se encontraría puertas abiertas de galeristas, compradores y museos, el se cerraba cual almeja autista. Así que, simplemente, dejamos de insistir.

Gerardo, además, seguía la política con interés, algo paradójico teniendo en cuenta el aislamiento casi monacal en que vivía. Tenía una ideología que sus amigos llamábamos “anarquismo gerardiano”. No creía en las fronteras, las banderas, los ejércitos...Pero no se identificaba con ninguna organización ni sindicato, aunque a veces acudiera al Ateneo Libertario, lo suficientemente ecléctico como para dar cabida a sus casi siempre heterodoxas ideas.

Su única actividad, aparte de la pintura, era ir todos los días a la misma cafetería y leer todos los periódicos de las diferentes tendencias. No era conveniente para él, para su exagerada delicadeza, y siendo un hombre naturalmente quebradizo, respirar la polución de noticias estúpidas, desagradables y pringosas de eso que hoy en día llaman política.

Soñaba con una revolución, una revolución que acabara con todo el corrupto dinero. Aunque la famosa frase del Che “la revolución, o es armada o no es revolución” le atraía, su natural pacífico le hacia soñar con una revuelta con más amor que fusiles. Un levantamiento popular que consiguiera terminar con todas las sabandijas de los partidos políticos sin disparar un solo tiro. Y luego organizar una sociedad horizontal con representantes y portavoces, y no plagada de dirigentes y dirigentillos. Era utópico y factible a la vez.

Después de la cafetería, volvía a su cubil y ponía un disco de Bob Dylan. No tenía más discoteca que la obra íntegra de Dylan. Y en función del disco que eligiera, pintaba.

Empezó a frecuentar cada vez menos la cafetería, porque incluso los artículos de opinión estaban llenos de basura, no había política, sólo lo que él denominaba “prensa del corazón parlamentaria”. Dejó de ir a la cafetería de puro aburrimiento.

Así, su único contacto con la realidad eramos sus -como dije- escasos amigos.

Aún de vez en cuando leía los diarios, pero cayó en una severa depresión cuando se convenció de que no sólo la revolución, sino cualquier cambio, era imposible.

Tan aburrido y deprimido estaba, tan aburrido, que el río al que se tiró era lo suficientemente profundo, lo suficiente como para que jamás encontraran su cadáver.


Hoy en día es una leyenda pictórica, y es su familia quien administra todo su legado, como hacen con Jimi Hendrix. Deberíamos ser sus amigos, pero al menos...